Celebramos hoy la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús. Fieles a la Ley, María y José llevan al Niño al Templo para presentarlo al Señor. En ese momento ocurre un encuentro lleno de esperanza: el anciano Simeón toma al Niño en sus brazos y, movido por el Espíritu, reconoce en Él la luz que viene a iluminar a todas las naciones. Con profunda emoción y gratitud, Simeón alaba a Dios por haberle concedido ver y adorar al Salvador.

Esta fiesta recuerda la ofrenda de Jesús al Padre, un gesto que expresa su entrega total y anticipa toda su misión. Precisamente por ese significado profundo, el Papa san Juan Pablo II estableció en 1997 que este día fuera también la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. De este modo, la Iglesia pone su mirada en tantos hombres y mujeres que, siguiendo el ejemplo de Cristo, han ofrecido su vida completamente a Dios.

Los consagrados, a través de la oración, el servicio y la misión, recuerdan a toda la Iglesia la centralidad de Dios y la llamada a vivir el Evangelio con radicalidad. Por ello, es tarea de todo bautizado orar constantemente por el aumento de las vocaciones, para que nunca falten corazones generosos dispuestos a entregar su vida al servicio de Dios y de su pueblo.